jueves, 4 de septiembre de 2014

Procesos constituyentes.

(Aparecido en La voz de Almería el 7-6-14)


PROCESOS CONSTITUYENTES


Vivimos en un momento crucial en el que nos jugamos el futuro, y que nos está obligando a elegir entre ser espectadores o ser actores. La crisis del régimen es evidente, y acabará viniendo otra cosa que probablemente ya está en camino. Ese futuro aún por escribir será el fruto de la dialéctica de diversos procesos ya iniciados y que ya dibujan nítidamente su perfil. Por un lado, desde 2010, nos encontramos inmersos en un proceso deconstituyente, donde la soberanía popular ha sido sacrificada en aras de intereses externos que toman el nombre genérico de Troika o Mercados: el contrato entre el sistema representativo y sus representados se ha roto, con una consiguiente pérdida de derechos vinculada a esas imposiciones exteriores. El punto álgido fue el golpe de timón de Zapatero o la reforma exprés del artículo 135 de la CE, continuado por las políticas de Rajoy que siguen al dictado las órdenes de la Troika. Ninguna de esas políticas ha obtenido el refrendo del pueblo, pues ninguno de esos gobernantes se presentó a las elecciones diciendo lo que sabían que iban a hacer. Se ha roto la ficción de la representación, al menos en los agentes principales del régimen. El segundo proceso, que discurre paralelo, al anterior lo podríamos definir como un proceso constituyente construido desde abajo arriba, y que se inicia con las movilizaciones y asambleas del 15M y con el llamado Procés Catalá, que impugnan el régimen del 78 y proponen nuevos marcos democráticos o de relaciones territoriales que exceden a los establecidos. Todo esto ya ha comenzado a tener su impacto también en el tablero electoral, como se ha visto en las últimas elecciones europeas (primeras convocadas a nivel nacional con casi todas las cartas boca arriba). Frente a esas evidencias, la Abdicación Real parece abrir, en apariencia, una tercera vía, donde el propio régimen toma la iniciativa para re-constituirse de forma vertical, intentando desactivar un proceso más horizontal que no controla y que por tanto teme. En vista de la apabullante unidad mediática y del establishment político hacia la figura de Felipe VI como impulsor de una Segunda Transición, parece que esa es la dirección a la que quieren conducirnos, dirección que acabaría consagrando ese proceso deconstituyente de imposiciones económicas y pérdida de soberanía con la búsqueda de la cohesión social ante un proyecto que se van a esforzar por vender como la única alternativa posible. O nuestra regeneración o la degeneración y el caos, nos dirán. Pero ya no estamos en 1978, y lo que se haga no puede ignorar, si quiere tener éxito, las puertas que se van abriendo desde abajo. Esa es la dialéctica ahora mismo, en esa encrucijada estamos.

jueves, 19 de junio de 2014

Utopía y responsabilidad

(apareció en La Voz de Almería el 20-5-14)

UTOPÍA Y RESPONSABILIDAD

La política no es otra cosa que la modulación de los límites de lo posible en sociedad. Cuando algo se sale del marco establecido (la pregunta clave siempre es ¿por quién?) aparecen los defensores del status quo a invalidar la disonancia tachando aquello que se proponga o haga al margen de lo previsto como irresponsable o antisistema. Irresponsable significa peligroso, y antisistema es algo que atenta contra la vida tranquila y ordenada que todos queremos llevar. Cuando lo que se dice o hace es aceptado por el sentido común como algo positivo se lo despacha diciendo que es algo utópico. Es bonito pero es utópico, dicen, y utópico equivale a imposible. Porque hay que ser responsable y realista, es decir, conservar y reproducir el sistema, pues sus defectos son pequeñeces inevitables, y cualquier alternativa sería un caos peor. Eso repiten. Todos los días, aunque los escombros de su realidad nos caigan encima. Así. Poner el derecho efectivo a la vivienda por encima del expolio de la banca es una utopía, diga lo que diga la Constitución o la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Lo mismo sucede con el derecho a trabajar y hacerlo dignamente; o con la pobreza aquí y allá, o con el hambre. Utopía y demagogia, añaden. La realidad no se construye con sueños y siempre ha habido ricos y pobres. A todos nos gustaría creer en el desarme de los ejércitos o en un mundo que respetara al Medio Ambiente pero la realidad es la que es, lo posible es lo que decimos que es. Pensar lo contrario es irresponsable, ridículo y peligroso.

Han conseguido que ese mensaje cale, y tienen razón: la utopía es antisistema. Aunque no se me ocurre nada más responsable con el futuro que ir a por ella. Decía Eduardo Galeano que la utopía está en el horizonte: no podemos alcanzarla pero nos obliga a caminar. Y caminando se llega al futuro. Algunos antes, como dijo Jean Cocteau, como no sabían que era imposible lo hicieron. Irresponsables y antisistema que perseguían utopías imposibles como el fin de la esclavitud, la abolición del trabajo infantil o el sufragio universal. También entonces hubo quien defendía que la esclavitud era buena para el esclavo, que el niño trabajador tenía la fortuna de un salario o que lo mejor para los pobres y las mujeres era que no participaran en política. Por su bien, por responsabilidad. Ya. La verdad es que no hay contradicción entre la realidad y la utopía, y quien te vende lo contrario tiene su interés en que nada cambie. Porque resulta que los límites de lo posible sólo dependen de nosotros, y no quieren que lo sepamos.

martes, 21 de enero de 2014

Salirse del camino trazado.

(apareció  en La Voz de Almería el 11-12.-13)

SALIRSE DEL CAMINO TRAZADO.



Hace poco escribí aquí que el Régimen del 78 era un muerto que caminaba sin saber que lo estaba. Que el sistema de la Transición se había agotado y que como mucho lo que estamos viviendo ahora serían sus últimos estertores: el mismo endurecimiento o bunkerización que se vio al final del Franquismo, cuando aquel régimen se sustentaba sobre un vacío social sustituido precisamente por lo que hoy damos por muerto.  En este contexto de radicalización institucional se enmarca la futura Ley de Seguridad Ciudadana, cuya traducción más acertada puede ser Ley de Represión de la Disidencia. En el final del Franquismo lo que  acabó inclinando la balanza hacia un sistema de libertades y, limitada, democracia fue el empuje social, la gente en la calle, la mayoría silenciosa que decidió gritar en una misma dirección hacia la que el poder no tuvo más remedio que conducirse, aunque fuera para dejarlo a medio camino.  Porque el poder tiene sus planes y sus itinerarios, y nosotros deberíamos tener los nuestros. Y se trataría de que no hubiera distinción entre el poder y el pueblo. El sistema está amortizado para las élites y  ya nos hablan de regeneración democrática con la misma vehemencia con que Nicolás Sarkozy dijo en 2008 que para salir de la crisis iban a “refundar el capitalismo”, y ya ven. Hacer como que se cambia todo para que todo quedé justo igual, otro carnaval de ruido y nada.

El horizonte que tienen previsto para todos nosotros se ve muy claro: empobrecimiento y precariedad laboral, aumento de la brecha entre los de arriba y los de abajo, limitación de derechos y jibarización de los instrumentos democráticos; todo para la voracidad insaciable de ese ente llamado Mercados, que lejos de ser una entelequia abstracta es algo muy concreto con nombres y apellidos y unos intereses que muy poco tienen que ver con los de la mayoría. Postdemocracia, lo llaman  los expertos. Ese es el camino trazado y cualquiera puede comprobarlo si  va sumando el dos más dos de las noticias de los últimos tres años. Siendo así la cosa, y como se vio en los estertores del Franquismo, la solución a nuestros problemas pasa por abandonar esa senda a la que nos están empujando y empezar a construir nuestro propio camino, el que represente los verdaderos intereses de la mayoría. Un nuevo marco, un proceso constituyente desde abajo que nos haga profundizar de manera radical en la democracia, que viene a ser cuando pueblo y poder son la misma cosa. Poder popular, proceso constituyente, democracia radical. Radical, porque va siendo hora de atacar las raíces y no irnos más por las ramas.