sábado, 16 de febrero de 2013

Democracia contra los brotes negros

(Antecedentes: La Casa Real, el poder judicial (con Carlos Dívar a la cabeza), la patronal (con Díaz Ferrán y Arturo Fernández como agentes más visibles), el PP con el escándalo de la Gürtel y de Bárcenas que parece manchar a todo el partido hasta la náusea, el PSOE de los ERE andaluces o del patético Carlos Mulas, la CiU cuyos dos partidos coaligados son pasto de sospechas e imputaciones, y la crisis y los recortes como telón de fondo. El artículo fue publicado en la Voz de Almería el 12-2-13, día en que el Congreso, contra todo pronóstico aprobó la admisión a trámite de la ILP contra los desahucios)


Democracia contra los brotes negros.



Más de 40 millones no declarados en bancos suizos, extraña documentación sobre pagos sistemáticos en dinero negro al Presidente del Gobierno, dobles identidades exprimiendo el maltrecho limón de las subvenciones, nuestro dinero y nuestra paciencia manchados, puestas al límite. Porque son los protagonistas de esos hechos los que nos exhortan al sacrificio y a la precariedad como única salida. Ellos dictan nuestra cotidiana y acelerada miseria mientras se enriquecen con truculenta impunidad. Ellos, la clase política, subrayan, para que tal vez no entendamos que lo que hay son políticos con clase y sin ella, o para que entre tanto aquelarre mediático olvidemos que si hay corruptos es porque hay corruptores. Empresarios, banqueros, cuya amoralidad pasa desapercibida como una tara invisible del sistema. Pocos nombres de corruptores vemos arder en los autos de fe de las televisiones y las radios.
Pero sospechamos de todos, y con razón. Falla la política, dicen, falla el sistema democrático. Coincido en parte. Falla este sistema democrático, precisamente porque apenas lo es. No se entiende una democracia real sin la transparencia y el control ciudadano. El problema no es ni la política ni la democracia, el problema es su ausencia. La solución pasa por una radical transformación de las estructuras, y no se adivina otra salida que un proceso constituyente, esta vez real y desde abajo, no como el simulacro de 1978.

En fin. Más democracia, pues lo contrario, lo que arrastra esta ola de antipolítica es el camino opuesto, donde la corrupción sí campa a sus anchas. Porque con las dictaduras el problema solo se oculta, se desconoce. La opacidad es uno de los síntomas de cualquier sistema involucionario, y a veces ni siquiera basta, como se vio con el escándalo Matesa en pleno franquismo. Así que nostalgias de hierro las mínimas. Además el todos son iguales nos puede ofrecer una triple solución a la italiana. Allí en los 90 la corrupción se tragó el antiguo sistema de partidos para dejar a los italianos en manos de un populista de Hamelin como Berlusconi, y una vez amortizado este han sido los propios mercados los que han puesto a su tecnócrata Monti en un ejercicio desnudo de antidemocracia. En fin, aparatosas operaciones de gatopardismo: lo cambian todo para que todo siga igual.

Entonces qué. Más democracia.

Trasparencia absoluta de las cuentas públicas y de toda organización que reciba dinero público, que no es de nadie pero es tuyo y mío, y no como ese ridículo proyecto de ley cosmética que deja fuera a la Corona, los partidos o la Iglesia. Control ciudadano con instrumentos como las listas abiertas o la posibilidad constitucional de rebocar mandatos, cosa esta última que sucede en territorios tan dispares como California o Venezuela. Separación de poderes real para que no haya ese maridaje entre ciertas esferas del poder político y empresarial con el judicial, y por supuesto regular el bochornoso tema de los indultos indiscriminados e injustificados, cuyas últimas estadísticas están plagadas de corruptos y corruptores. Endurecimiento de las penas por delitos económicos. Fiscalización continua de la financiación de los partidos y los contratos y concesiones de obra pública. La exigencia legal de que se depuren responsabilidades y no se dediquen, nuestros políticos, a montar barricadas de basura dialéctica para defender a los suyos y usar el ventilador con el insufrible y tú más.

Y es algo que no tiene demora ni debería presentar mayor problema en un sistema que se cree a sí mismo una democracia. Porque la gente está, estamos, hasta las narices, y el peligro de un estallido social descontrolado está ahí, y esas cosas suceden de la noche a la mañana, cuando un día el vaso de la indignación ha sido desbordado por la irresponsabilidad de los estafadores. Tanto escándalo impune sumado a tanta miseria inducida. Y solo se ven brotes negros. Toca otra cosa, llamadlo sentido común. Con ellos o sin ellos. Cambiarlo todo para que nada sea igual.



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