jueves, 21 de noviembre de 2013

Fin de Régimen.

(Antecedentes: el agotamiento de un modelo político. El artículo salió en La Voz de Almería).



FIN DE RÉGIMEN

Por mucho que se empeñe la propaganda lo que acaban viendo tus propios ojos suele acercarse más a la realidad. Y desde hace un tiempo se puede ver que el sistema político que nos dieron durante la Transición es como un muerto que camina sin saber que está muerto. Podemos decir que las contradicciones y los defectos del sistema ya venían de fábrica y que hemos convivido sin alarmas con ellos durante décadas, pero en los últimos años un par de cosas han puesto el foco en esas grietas y las han ensanchado hasta la más insoportable de las evidencias: esta crisis económica de nunca tocar fondo y el fin del monopolio de la información por parte del propio sistema que ha supuesto Internet. Ya. Pero un sistema no se mantiene durante tres décadas  sino es con la aquiescencia y la colaboración necesaria de una sociedad que empuja en la misma dirección y que tiene un objetivo común; así fue hasta hace bien poco, más allá de la casi siempre minoritaria disidencia. Los españoles compartían un relato que daba sentido al esfuerzo colectivo y solidez al sistema. Referencias y objetivos que cohesionaban el país y que eran amplificados hasta la náusea por las diversas formas de propaganda, que solían presentar un horizonte de esperanzas y miedos a los que era sencillo adherirse y que hacía que todo girara en la dirección correcta. En la Transición nos conjuraron hacia la dirección de un progreso y una modernidad que venía marcada por Europa: el horizonte era parecerse a ellos, integrarse en sus estructuras, ser uno más del club de los avanzados; y hacia esa dirección se encaminaron no pocos esfuerzos y apenas ninguna crítica. Ahora esa Europa a la que queríamos pertenecer nos ofrece su peor cara en forma de imposiciones y de pérdida de soberanía, de pérdida de país, hasta el punto de obligar a PSOE y a PP a reformar la  Constitución de urgencia, sin nosotros, sacrificando la definición de España como Estado Social en el altar de una Europa que resultó ser un mercado. Otro relato roto y que también cohesionaba a la  mayoría era la banda terrorista ETA, sobre la que también ha habido un obsceno y continuo consenso acrítico, pero que ahora, al estar derrotada, deja vacío el lugar del enemigo que todo régimen necesita para asustar y para unir a los suyos frente a los otros. Así que sin miedo ni esperanza, y con los símbolos que sustentan el sistema, como la Monarquía, los grandes partidos y sindicatos, el estado autonómico, etc. barridos por la crisis, su propia corrupción y el hartazgo y los ojos abiertos de cada vez más gente, este régimen del 78 ya no se tiene en pie.

                                             


martes, 2 de julio de 2013

Revoluciones de mayo.

(Antecedentes: el pasado mes de mayo se cumplió el segundo y el cuadragésimo quinto aniversario de las movilizaciones ¿revoucionarias? del 15M y Mayo del 68 respectivamente, y en La Oficina Producciones Culturales se hicieron unas jornadas al respecto, para comprobar las similitudes, diferencias, enseñanzas y decepciones de ambas. Este artículo que salió en La Voz de Almería poco después de esos encuentros trata de desmarañar todo eso)

Revoluciones de mayo

Se cumplen dos años de aquel mayo que puso patas arriba este país, plaza a plaza. Algunos tuvieron prisa en calificarlo de revolución y ahora andan exigiéndole resultados a la altura de sus expectativas.  Pero no hay perspectiva aún. Sí la tenemos, en cambio, de aquel otro mayo revolucionario de 1968. Revolución que apenas lo fue, sobre todo en España: ecos residuales elevados a la categoría de mito por la Cultura de la Transición. Tampoco en Francia, aunque pudo serlo: entonces como ahora se venía de un largo periodo de crecimiento económico roto por una súbita crisis, y ya se sabe que cuando una generación ha sido educada en el relato del bienestar y el nuestro-sistema-es-el-mejor-posible lo que trae  la crisis es la puesta en cuestión de ese relato, la posibilidad de ruptura. El progreso no es algo bueno si no nos beneficia en su trayecto, con la crisis se disuelve ese horizonte común. El sistema opera en contra de la mayoría, la realidad es más poderosa que la propaganda y esa mayoría esta tentada de romper lo viejo dañino y construir lo nuevo mejor. Pasa siempre. 1968 o 2011.
El París de las barricadas y las universidades tomadas no era sino el espacio simbólico de una corriente mucho mayor que atravesaba países, igual que las acampadas de nuestras plazas. Entonces intentaron ser realistas pidiendo lo imposible, y parecía estar al alcance de sus manos. A los estudiantes se les sumaron los obreros en una tremenda huelga general que dejó el país colapsado: aparentemente todos los ingredientes para un cambio real desde la calle. El techo de cristal de la posibilidad se evidenció el 16 de mayo cuando miles de estudiantes se agolparon a las puertas de las fábricas ocupadas por los huelguistas en Boulogne-Billancourt y ambos grupos cantaron juntos la Internacional, pero sin que se llegaran a abrir las verjas que los separaban. Una revolución partida.
Jacques Lacan decía de aquellos revolucionarios: sois unos histéricos en busca de un nuevo amo, y lo tendréis. Y lo tuvieron. El sindicalismo obtuvo un importante aumento de los salarios para los trabajadores y unas elecciones anticipadas en las que la derecha oficialista arrasó y los partidos, como el PCF, que más se habían significado con el movimiento perdieron la mitad de sus apoyos. Con matices alguien recordará la mayoría absoluta de Rajoy. En cuanto a los estudiantes, que parecieron ser el sujeto de vanguardia transformadora, acabaron quedándose en poco, al carecer de proyecto político, de un relato alternativo con el que construir el mundo. Ahí está, por ejemplo, Dany el Rojo, convertido en un burócrata de la UE. Sin horizonte no hay revolución, y en el 68 el único horizonte fuerte estaba en el campo de las costumbres y la cultura. Ahí sí se impuso una nueva visión de la vida, predominante hasta nuestros días: el valor de la juventud, la liberación sexual, el feminismo, la llamada contracultura y el pop; todo eso ahora es central, y entre otras cosas porque pudo ser convertido en mercado. El Ché Guevara como icono pop estampado en miles de camisetas que se tejen en fábricas de Bangladesh y se venden en los templos de las rebajas.
El mayo del 68 triunfó en lo superficial, germinando un mundo de relaciones económicas y políticas, neoliberalismo mediante, que nos está estallando ahora en las manos.
El 15M, y los movimientos afines que han surgido estos dos años a lo ancho del planeta, fue un punto de inicio no sabemos muy bien hacia dónde, aunque, los que lo hemos vivido sin que nos lo cuenten, sabemos que anunciaba una nueva forma de construir nuestra convivencia, un modelo otro. Si queremos que aquello sí sea una revolución deberemos esforzarnos por construir y propagar un relato alternativo al de este sistema claramente prescrito. El horizonte está ahí delante, sólo falta convencernos de que debemos caminar hacia él, de lo contrario, lo estamos viendo cada día, serán otros, los de siempre, los que nos conducirán al abismo.


sábado, 16 de febrero de 2013

Democracia contra los brotes negros

(Antecedentes: La Casa Real, el poder judicial (con Carlos Dívar a la cabeza), la patronal (con Díaz Ferrán y Arturo Fernández como agentes más visibles), el PP con el escándalo de la Gürtel y de Bárcenas que parece manchar a todo el partido hasta la náusea, el PSOE de los ERE andaluces o del patético Carlos Mulas, la CiU cuyos dos partidos coaligados son pasto de sospechas e imputaciones, y la crisis y los recortes como telón de fondo. El artículo fue publicado en la Voz de Almería el 12-2-13, día en que el Congreso, contra todo pronóstico aprobó la admisión a trámite de la ILP contra los desahucios)


Democracia contra los brotes negros.



Más de 40 millones no declarados en bancos suizos, extraña documentación sobre pagos sistemáticos en dinero negro al Presidente del Gobierno, dobles identidades exprimiendo el maltrecho limón de las subvenciones, nuestro dinero y nuestra paciencia manchados, puestas al límite. Porque son los protagonistas de esos hechos los que nos exhortan al sacrificio y a la precariedad como única salida. Ellos dictan nuestra cotidiana y acelerada miseria mientras se enriquecen con truculenta impunidad. Ellos, la clase política, subrayan, para que tal vez no entendamos que lo que hay son políticos con clase y sin ella, o para que entre tanto aquelarre mediático olvidemos que si hay corruptos es porque hay corruptores. Empresarios, banqueros, cuya amoralidad pasa desapercibida como una tara invisible del sistema. Pocos nombres de corruptores vemos arder en los autos de fe de las televisiones y las radios.
Pero sospechamos de todos, y con razón. Falla la política, dicen, falla el sistema democrático. Coincido en parte. Falla este sistema democrático, precisamente porque apenas lo es. No se entiende una democracia real sin la transparencia y el control ciudadano. El problema no es ni la política ni la democracia, el problema es su ausencia. La solución pasa por una radical transformación de las estructuras, y no se adivina otra salida que un proceso constituyente, esta vez real y desde abajo, no como el simulacro de 1978.

En fin. Más democracia, pues lo contrario, lo que arrastra esta ola de antipolítica es el camino opuesto, donde la corrupción sí campa a sus anchas. Porque con las dictaduras el problema solo se oculta, se desconoce. La opacidad es uno de los síntomas de cualquier sistema involucionario, y a veces ni siquiera basta, como se vio con el escándalo Matesa en pleno franquismo. Así que nostalgias de hierro las mínimas. Además el todos son iguales nos puede ofrecer una triple solución a la italiana. Allí en los 90 la corrupción se tragó el antiguo sistema de partidos para dejar a los italianos en manos de un populista de Hamelin como Berlusconi, y una vez amortizado este han sido los propios mercados los que han puesto a su tecnócrata Monti en un ejercicio desnudo de antidemocracia. En fin, aparatosas operaciones de gatopardismo: lo cambian todo para que todo siga igual.

Entonces qué. Más democracia.

Trasparencia absoluta de las cuentas públicas y de toda organización que reciba dinero público, que no es de nadie pero es tuyo y mío, y no como ese ridículo proyecto de ley cosmética que deja fuera a la Corona, los partidos o la Iglesia. Control ciudadano con instrumentos como las listas abiertas o la posibilidad constitucional de rebocar mandatos, cosa esta última que sucede en territorios tan dispares como California o Venezuela. Separación de poderes real para que no haya ese maridaje entre ciertas esferas del poder político y empresarial con el judicial, y por supuesto regular el bochornoso tema de los indultos indiscriminados e injustificados, cuyas últimas estadísticas están plagadas de corruptos y corruptores. Endurecimiento de las penas por delitos económicos. Fiscalización continua de la financiación de los partidos y los contratos y concesiones de obra pública. La exigencia legal de que se depuren responsabilidades y no se dediquen, nuestros políticos, a montar barricadas de basura dialéctica para defender a los suyos y usar el ventilador con el insufrible y tú más.

Y es algo que no tiene demora ni debería presentar mayor problema en un sistema que se cree a sí mismo una democracia. Porque la gente está, estamos, hasta las narices, y el peligro de un estallido social descontrolado está ahí, y esas cosas suceden de la noche a la mañana, cuando un día el vaso de la indignación ha sido desbordado por la irresponsabilidad de los estafadores. Tanto escándalo impune sumado a tanta miseria inducida. Y solo se ven brotes negros. Toca otra cosa, llamadlo sentido común. Con ellos o sin ellos. Cambiarlo todo para que nada sea igual.