miércoles, 25 de julio de 2012

La fiesta de la Democracia.

(antecedentes: el artículo salió publicado la última semana de campaña electoral de las últimas elecciones, cuando acabábamos de vivir, entre otras cosas, una reforma exprés y antidemocrática de la Constitución para priorizar el pago de la deuda frente a cualquier otro)






La fiesta de la Democracia.

El 20N hay elecciones. Y hasta entonces ruido y luces, imágenes en las paredes y voces en las radios que nos susurran al oído: vótame. Es la fiesta de la Democracia, nos dicen algunos, el voto es la expresión de plenitud de las conquistas de siglos; mientras de reojo vemos cómo en Grecia o en Italia los votos que cuentan a la hora de formar gobiernos son los de la mano (in)visible de los mercados. Tanto ruido y tanta luz para que luego la voluntad de los votantes se traduzca en puros ejercicios de ventriloquía: habla Papademos o Monti y podemos escuchar la voz, apenas disimulada, de Goldman Sachs o el FMI. En fin. Aquí estamos de fiesta, insisten. Y es cierto: una fiesta de disfraces donde casi todos los invitados llevan una máscara gemela con barba, y donde la orquesta corea un estribillo que es difícil no tararear: rajoyrubalcabarubalcabarajoy. Eso dicen los medios o a las encuestas o la deriva histórica de otras elecciones. Rojo y azul como únicas opciones alumbradas por los focos, cuando en los últimos comicios más de 20 millones decidieron no votar a uno ni a otro.

            Las elecciones son un juego con las cartas marcadas, el resultado siempre desvirtúa la verdadera cara del electorado antes y después del voto. La Ley Electoral potencia el bipartidismo y la sobrerrepresentación de los partidos nacionalistas. Cifras objetivas y desapasionadas: PP y PSOE necesitan una media de 60000 votos para un escaño mientras que IU cambió el mismo premio por medio millón de papeletas, UPyD le dio un asiento a Rosa Díez con los mismos números que el PNV consiguió seis. No todos los votos ni todos los votantes cuentan igual. No hay proporcionalidad ni verdadera representatividad. Todo ello después del escrutinio, pero antes ya se han producido otros trastornos en la mente y en la decisión del votante, que no vota según sus ideas sino por, mal entendido, pragmatismo: el voto útil, el voto del miedo y el voto de castigo. Evidentemente con otras reglas las intenciones de los jugadores serían distintas y el arco parlamentario, por fuerza, más plural y más en consonancia con la realidad ideológica del país.

            Esta ley electoral fue fruto de la Transición, como tantas otras cosas que ahora se cuestionan, y pretendía favorecer la estabilidad del nuevo sistema. Han pasado 33 años, tiempo suficiente para no tenerle miedo a más Democracia. A más libertad. Porque si entendemos la libertad como la posibilidad de decidir entre diversas opciones, convendremos en que nuestro sistema la ejerce poco. Por esa ley antes citada, por la reforma de enero que ha exigido avales a los partidos extraparlamentarios para poder siquiera participar, y que ha acabado borrando del mapa a decenas de pequeños partidos. Nos tienen dicho que la participación política es a través de los partidos para luego poner trabas a la misma. Y finalmente por las listas cerradas que emborronan cada papeleta: las listas de candidatos al Congreso las elaboran los propios partidos (PP y PSOE suelen usar el método del dedazo) que escogen el orden por el cual irán obteniendo acta de diputado. Si votas votas el pack completo, nada de matices ni diversidad. Ese es nuestro sistema electoral, sancionado por los propios partidos beneficiados y por los medios que los jalean.

            Existen otras formas de hacer las cosas, puede haber una ley electoral más proporcionada y que además respete las peculiaridades regionales españolas, como sucede en Alemania, donde la cultura de la coalición y la búsqueda de consenso no ha impedido ser la locomotora (aunque ahora nos está obligando a descarrilar) de Europa; y el sistema de listas abiertas entre partidos ya se usa aquí en el Senado. Lo que sucede es que falta voluntad y sobra apego a los privilegios. Pero no pasa nada, sigamos el baile, yo el 20N iré a votar,  por si mi voto también puede mutar las reglas. Aunque sea iluso, aunque vengan el BCE y Fitch a decir que la fiesta  terminó. No importa. Entonces, como ahora, la calle seguirá siendo ancha y la plaza acogedora.


ADDENDA:

- El PP consiguió mayoría absoluta con menos votos que Zapatero su anterior mayoría simple.

- Así habría quedado el Congreso con otras leyes electorales distintas tras el 20N.

- El Gobierno incumple sistemáticamente su programa electoral

- España y sus gobiernos siguen perdiendo soberanía..

lunes, 16 de julio de 2012

Mística minera.

(antecedentes: el artículo es de julio de 2012, coincidiendo con la llegada de las marchas mineras a Madrid y su masivo recibimiento. Pretendo no solo hablar desapasionadamente del conflicto y su problemática, también sobre la fascinación que esta lucha ha provocado en muchísima gente)






Mística minera 



La crisis, el hartazgo y unas políticas de ajustes esencialmente injustas están generando un alto malestar social. Hay protestas en diferentes sectores, más o menos visibles: educación, sanidad, parados, funcionarios, indignados, etc. Precisamente el espíritu quincemayista, con su apuesta por la desobediencia pacífica, y la tradicional y aburrida protesta sindical son la tónica general de estas movilizaciones.  Muchas pero desunidas. Casi se puede decir que se ha  normalizado la protesta, se ha filtrado en la cotidianidad y, por eso, corre el peligro de ser menos efectiva. Puede ser. El caso es que en este hervidero hay un conflicto que emerge por encima del resto: el de la minería. Y lo hace porque sus métodos, viejos y contundentes, suponen un paso más, un paso fuerte. Y a muchos les embriaga la estética de los pasamontañas y las barricadas ardiendo en el asfalto. Tiene lógica. Los mineros, junto a los trabajadores de los astilleros, son de los pocos colectivos que conservan una solidaridad combativa que parece de otro tiempo. A los demás esta contundencia nos suena casi a mito, nos han ido disolviendo, amortiguando, en lo que se conoce como paz social: objetivamente uno de los mayores triunfos del  sistema de la transición. El mismo sistema que se está desmoronando ante nuestros ojos.
            Los mineros resisten. Lo intentan con fuerza. Defienden su pan.  Para muchos medios se trata solamente de un problema de orden público. Violencia injustificada que hay que reprimir por el bien de la mayoría. Pero no atienden a la base del problema, al por qué de las barricadas: pueblos enteros se están quedando sin futuro. Lo anormal sería aceptar el expolio sin defenderse, y justo eso es lo que parece que sucede más allá de las cuencas mineras.
            Por eso seducen. Porque ellos sí.
            Ellos se arriesgan y luchan en el sentido estricto de la palabra. La protesta debe generar perturbación sino no sirve, si el que protesta no molesta  su protesta es inocua y no será atendida.  Los que están colmados de mística minera ven esto: ellos han comprendido que hay que ser duro, impenitente, radicalmente solidario. Llamémosle mística, o nostalgia. O rabia latente.  Como sea.
            El problema de la minería es otro. El carbón español no es rentable, ni en términos económicos ni  ecológicos. Sobrevive gracias a las ayudas que ahora se eliminan, el carbón que se consume en España suele venir de fuera. La UE ha puesto 2018 como punto final. En los últimos tiempos cayeron muchos millones para facilitar la transición a otro modelo productivo. No se ha hecho gran cosa. La lógica del capitalismo y de los recortes dice que si no es rentable se cierra. La ecologista dice que hay que empezar a prescindir ya de los combustibles fósiles, por contaminantes y por finitos. De acuerdo. Pero no se trata de la minería, se trata de los mineros.
            Son  comarcas enteras. Luchando mientras el Gobierno hace oídos sordos, espoleado por otra mística, la liberal, con la Tatcher como santa patrona (que ganó su encarnizada lucha con los mineros británicos  sin  ceder), tanto que incluso han expulsado del PP al senador que rompió la disciplina de voto en este tema. Así son. Pero la pelea sigue, es demasiado lo que está en juego para muchos.
            Ellos lo tienen claro. Saben que no hay otra. O eso o regalar su futuro. Qué menos que no agachar la cabeza, piensan muchos, envueltos por el perfume de la mística minera. Qué pena que no sintamos la soga al cuello como ellos para reclamar lo que es nuestro como en Asturias. Eso dicen.  En un país con cinco millones de parados, más del 50% de paro juvenil, con trescientos desahucios a la semana, con la idea cada vez más clara de que quienes han vivido por encima de nuestras posibilidades han sido los únicos que no están sufriendo la crisis y sus políticas. Así es, y extraña que solo se  tenga nostalgia del sentimiento de lucha minero. Más allá de las cuencas el futuro también está en entredicho. No hablo de violencia, sino de reacción. ¿Es hora?

ADDENDA: