lunes, 8 de octubre de 2012

Dios Euro.


(antecedentes: desde que estalló la llamada Crisis de la deuda en nuestro país y en otros miembros de la zona Euro como Portugal, Italia, Grecia,etc. estamos viendo cómo se cambian leyes, se reforman constituciones y se devalúan derechos con el objetivo, dicen, de salvar el Euro, cuya existencia, no se cansan de repetir, es irreversible. El artículo fue publicado el significativo día del 25 de septiembre de 2012)





DIOS EURO

Rebúsquese en el bolsillo y  si, con suerte, encuentra una moneda obsérvela atentamente. Un Euro. Con su doble brillo entre plata y oro pobre. Observe el mapa y las estrellas. El relieve de alguien o algo. Ahí está. Sobre la palma de su mano tiene usted a su dios. Y no tanto, que también, porque el dinero sea el motor inmóvil sobre el que gira el mundo y contra el que se estrellan nuestros anhelos y nuestras torpezas. No solo. El dinero es pura abstracción metafísica. El dinero es un invento del hombre que nació por la necesidad y la clarificación de la vida y las cosas, pero que con el paso del tiempo ha devenido en simple yugo.  Como la idea de dios, ni más ni menos. No hay nada natural en el dinero. Esa moneda en sus manos no es nada, un trozo redondeado de metal al que nos han enseñado a venerar. Su valor es una convención social exterior y anterior a nosotros. Nos viene dada, impuesta, y cuestionarla es cuestionar el principio que rige todo, nos dicen. El dinero no se refiere a nada, y menos desde que se abandonó el patrón oro. El dinero empieza y acaba en sí mismo. Hoy día circula invisible, ajeno, en arrebato abstracto, por las autopistas de la información. Cifras, logaritmos. Algo como la nada, pero que encierra todo, algo que establece los límites de lo posible. La vida, el valor, la riqueza, el bienestar, el sentido. Un dios. Esa invisibilidad poderosa, vigilante, es la que misma que tienen los dioses, y su cortejo de intermediarios. Los que conocen lo sagrado y lo traducen a los profanos. Los sacerdotes, los economistas. El mismo poder y la misma obediencia ciega hacia algo que no es sino un vacío terrible. No es casual que en los billetes de Dólar aparezca el lema “In God we trust”. La moneda es dios, y nosotros somos su iglesia.


Mire ese Euro.  Piense. La crisis de la moneda única y sus consecuencias. El lenguaje que usan para vendernos nuestra derrota en su circunferencia. Un lenguaje agresivamente religioso que se sirve de sencillos intercambios: euro por dios, mercados por oráculos, políticos y financieros por sacerdotes y santos. El relato es así, seguro que le suena:  nuestros pecados (ese vivir por encima de nuestras posibilidades que tan necia y machaconamente nos repiten) nos han llevado al desastre, nuestro dios está débil y requiere para su revigorización cuantos sacrificios sean necesarios, cada vez mayores cuanto más débil se halle (el sol azteca pedía víctimas incontables y el dios euro exige recortes y devaluación del nivel de vida), todo determinado por unos sacerdotes que interpretan las leyes y el mandato divino (unas leyes de mercado que lejos de ser naturales y rigurosas son una ficción incontrolable) y todo para que en un futuro indefinido llegue la recompensa (la lluvia, el paraíso, la creación de empleo y el crecimiento económico). Un relato simple, enraizado en nuestro inconsciente desde hace milenios. Por eso lo usan, y les funciona.

Ahora bien, la religión y los dioses, desde un punto de vista materialista, no son sino herramientas de dominio de los pocos sobre los muchos. Los procesos de secularización han dejado en evidencia a las castas sacerdotales, las iglesias y sus imposturas. Sus reinos eran de este mundo, y se erigían sobre la nada. Y el Euro, ese dios airado que le mira ahora desde su mano, también es nada. Otro instrumento para ceñir la corona y los privilegios de unos pocos frente a la asfixia y la desesperación de los muchos. De usted, por ejemplo. Partamos de ahí, de que es un dios falso, y de que no hay, por tanto, ni profecía ni mandato sagrado que nos obligue a aceptar esos sacrificios, a pagar una deuda que nos apaga. Pero mire una vez más la moneda, su brillo indeciso.  Sepa que es usted quien le otorga todo el poder que ese objeto pueda tener. Si hay un dios está dentro de su mano, no sobre ella. Pruebe a reformular los preceptos de esta religión. Cualquier herejía es bienvenida. Cualquier cosa menos este fanatismo integrista que nos está matando.

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