jueves, 30 de agosto de 2012

La Transición era mentira.

(antecedentes: el artículo salió publicado en febrero de 2012 pero tiene una vigencia de más de treinta años, la crisis actual ha desnudado el sistema y la cultura que heredamos de la generación anterior.)
LA TRANSICIÓN ERA MENTIRA
 
Nací en 1978. Cuando se aprobó la Constitución, y crecí, junto a mi generación, con el relato de un proceso llamado La Transición, que condujo a los españoles, cainitas genéticos según parece, a construir una hermosa democracia moderna partiendo de una dictadura gris, agonizante, a la que supo doblegar y convencer para el tránsito. Nos exportaron como modelo a imitar para otros países que quisieran pasar del blanco y negro al tecnicolor. Nos llenaba de orgullo y satisfacción pertenecer a un país plenamente occidental. Cada año en el colegio recordábamos la maravillosa metamorfosis y los peligros que acechaban en sus márgenes: el 23F como frontera, la Guerra Civil como fantasma. En fin. Las instituciones y las normas derivadas eran garantes de este orden nuevo, había que cuidarlas y respetarla porque más allá estaba la barbarie y el retroceso.  La Corona, la ley electoral, la liviana separación de los tres poderes, el peso no disimulado de la Iglesia, la amnesia con los crímenes de Franco, etc. Esas cosas eran buenas porque los españoles lo habían aceptado en paz y con el arma inédita del consenso.  Fantástico.
Pero a estas alturas ya sabemos que en todo relato hay dosis muy altas de ficción. Siempre. Y más en aquellos discursos culturales que quieren fortalecer un sistema de poder y legitimar unos valores y unos privilegios. No hay verdades puras. Aparte de la evidencia de que nuestra democracia no es sino una evolución pactada del régimen anterior, la actualidad nos deja muestras inequívocas de que la solidez del relato comienza a resquebrajarse. Los símbolos y los dogmas se van volviendo endebles, y el sistema va perdiendo, a pasos agigantados legitimidad para muchos ciudadanos, como yo, que han vivido siempre dentro de este conjunto de normas y valores.
 Ejemplos y contraejemplos, breves y recientes:  el papel del difunto Manuel Fraga en la represión de los años 70 frente al impostado discurso de la Transición pacífica, unos muertos sin justicia y el responsable político elevado a los altares “democráticos”. Incoherencia. Que un juez pueda investigar crímenes genocidas en países remotos pero lo tenga vetado en su propio país: el exjuez Garzón.  Que tenga que venir un caso de corrupción tremenda para que la Casa Real decida, de manera sesgada, ofrecer una mínima porción del dinero público que maneja, o que venga una revista alemana a decirnos que el heroísmo demócrata del Rey el 23F pudo no serlo tanto. O la puntilla. La reforma constitucional de este verano por el tema del déficit, sin un amago de consenso político o consulta popular, de urgencia, con la sola firma de PSOE y PP y el aliento marcial de Alemania en la nuca. Con esas cosas, que son apenas una muestra mínima, ya vamos siendo muchos los que no nos creemos este sistema ni el relato que lo sustenta. Será cosa del abismo generacional.
Que estamos mejor que con Franco, no lo pongo en duda. Pero muchos, cada vez más, no nos sentimos representados por el marco en el que nos movemos. Por su parte, la Cultura de la Transición, que es como denominó Guillem Martínez a este paradigma, en el sentido más amplio del término cultura,  ahora flaquea, se revuelve y se endurece, del mismo modo en que lo hizo el Franquismo en su última fase. Nada extraño. Y es que este mundo, además, es muy distinto del de  1978 o 1981, y las democracias representativas de Occidente están siendo sometidas al imperio de los mercados, perdiendo su propio papel de intermediación con la sociedad, que vive entre el miedo y la desconfianza estructural al propio sistema, que el ciudadano percibe como algo nocivo e inoperante. Nuestra Transición, o al menos su relato, no decía nada de sumisión y pérdida de soberanía popular en aras del dios dinero. Seguramente estemos en el momento de exigir una nueva transición hacia una democracia digna del siglo XXI, aunque los pasos que se van dando nos encaminan hacia otros modelos más cercanos a lo que había en 1977. De nosotros depende. Algunos ya se han puesto a trabajar en ello.
 
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